En este año cervantesco y quijotesco nos encaminamos hacia tierras de La Mancha y llegamos hasta la villa de Herencia, población del Campo de San Juan en la provincia de Ciudad Real, nos dirigimos a su convento mercedario y visitamos la Casa-Museo de la Merced. En una de las salas del mencionado museo pende una acuarela que cobra protagonismo máximo al hilo del IV centenario de la publicación de la primera parte del Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha. Su autor, profeta en su tierra, es Julián Martín Casado, herenciano, mercedario, y acuarelista probado. Reconocido, admirado y premiado en infinidad de certámenes, su obra pictórica lleva el sello personal e intransferible del lugar en que vio la luz primera: su tierra natal manchega robustecida por la austeridad de su geografía y reforzada por los colores que revisten sus campos. Pionero y maestro en el arte de plasmar el paisaje castellano-manchego: amplios horizontes, que nuestro pintor lleva muy dentro, reproducidos por él en infinidad de ocasiones, tierras finitas, únicas e irrepetibles. Herencia y sus sierras, representada desde diversos ángulos y perspectivas, siempre omnipresente en sus cuadros, el pueblo agazapado, casi soterrado, en torno a viñas y olivares, a lomas y laderas, insinuado en líneas, trazos, y en una gama conjuntada de matices en los que predominan ocres, sienas, azules, pardos; colores tornados todos en grises, perdiendo su identidad por obra y gracia de la lejanía, logrando distancias que acercan en clara y armónica conjunción de cielo y tierra. Llanuras con altozanos, macizos lejanos con campos de labranza, en los que imperan cultivos mediterráneos, dan paso a un paisaje en el que el horizonte adquiere un protagonismo máximo. Son horizontes distantes, en los que se funden las alturas intensas con las inmensas llanuras.
La aguada que venimos presentado es fiel a los principios que se marca Martín Casado y no difiere del resto de su obra: paisajes de una tierra, La Mancha, no siempre conocida y valorada en su justa medida, ejecutados con un riguroso y vigoroso cromatismo. El cuadro fue expuesto por su autor, hace uno par de años, en una exposición benéfica habida en los salones parroquiales de la Basílica Hispano-Americana de la Merced de Madrid y adquirida por la Curia Provincial de Castilla, esta última ha tenido a bien que la acuarela pase a engrosar los fondos artísticos de la Casa-Museo de la Merced de Herencia.
Lo que se marcó inicialmente Julián Martín fue hacer un paisaje manchego relacionado con el Quijote, son perspectivas tomadas del natural en los ámbitos reales por donde transcurre la novela cervantina. En un principio compuso solo el paisaje, las representaciones de don Quijote y Sancho fueron añadidas posteriormente. Son figuras escuetas, propias, creadas en la mente de nuestro acuarelista y plasmadas por él en papel con buenos pigmentos; imágenes insertas en el paisaje, integradas en la totalidad de manera muy natural y real. Sin duda, un conjunto muy bien logrado, de una viveza y una fuerza innegable.

LA PRESENCIA DE HERENCIA.
El título “Camino del Puerto Lápice”, tomado literalmente del mismo Quijote, alude a un pasaje narrado en el capítulo VIII de la primera parte. Se trata de la segunda salida de Don Quijote y Sancho, en la que, una vez llegados a la localidad de Campo de Criptana, campean a sus anchas, hasta que el Caballero de la triste figura, arremete contra los molinos de viento, y emprende su imaginada aventura hasta quedar muy mal trecho por el campo y terminar su lanza hecha pedazos…tras subir sobre “Rocinante”, que medio despaldado estaba, emprendieron camino del Puerto Lápice, aunque iba nuestro caballero muy pesaroso por haberle faltado la lanza; y comentándoselo a Sancho, le dijo: “Hete dicho esto, porque en la primera encina o roble que se me depare pienso desgajar otro tronco tal y tan bueno como aquel”. Prosigue la historia afirmando que durante la noche pasan nuestros personajes entre unos árboles, y “de uno de ellos desgajó Don Quijote un ramo seco que casi le podía servir de lanza…” Esta arboleda ha sido identificada, por los estudiosos de la obra de Cervantes, con el paraje herenciano de La Serna, donde abundaban en el pasado robustos arbustos, lugar dedicado en el presente a parque municipal. No olvidemos que el primitivo camino real, desde Campo de Criptana hacia Puerto Lápice, pasaba necesariamente por Herencia.
Julián Martín, tras una rica y dilatada trayectoria vital, rinde con esta obra un sentido homenaje a su tierra manchega y a su pueblo natal de Herencia. Él nos hace partícipes a todos de las vivencias que definen su personalidad artística y que guarda en su memoria. Cultivando lo particular (los paisajes manchegos) logra alcanzar lo universal (los personajes míticos de Don Quijote y Sancho). De lo autóctono a lo global, llevados de la experta mano de uno de los acuarelistas más prestigiosos del momento: el herenciano Martín Casado.

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