Iniciamos la semana santa y las calles y plazas de nuestros pueblos y ciudades se engalanan con sus mejores galas primaverales para dar paso a Cristos ensangrentados y enclavados, a Vírgenes dolientes y sufrientes, a imágenes pasionales que despiertan a su salida procesional entusiasmo y pasión, sacando así a flote las emociones más hondas del sentir religioso, aquellas que todo ser humano lleva en lo más profundo de su ser. Uno de los muchos pueblos que vivirá intensamente estos días de luto y pasión, de vida y resurrección es Herencia. Y es que, nadie duda que esta villa castellano-manchega es rica en manifestaciones y en religiosidad popular de diverso tipo. Siempre llamó mi atención el fervor y ardor que suscita aquí la Virgen, Herencia es una villa que camina de la mano de María, es mariana y posee un alma maternal, abrigada en su ser más íntimo de emoción contenida y de estética acontecida y reverenciada. Pasiones desatadas que en ocasiones, algunos, equivocadamente, han tildado de fetichismo idolátrico, de cosificación de lo sagrado, de una especie de magia más o menos encubierta. Yo prefiero pensar que lo que el pueblo posee es una fe firme, una confianza constante hacia la Madre del Señor y Madre nuestra. Aquí todos reposan sus sentires y quereres hacia la Virgen de las Mercedes, es la representante máxima del alma herenciana, en Ella el pueblo deposita su unánime aprecio, cobijándose y acogiéndose a su patrocinio. Junto a ella, la Inmaculada, titular de la parroquia, representada en bello y grandioso lienzo, obra de Zacarías González Velázquez. Y al lado de ambas, otras tallas y capillas, otros títulos y otros nombres: La Asunción, llamada aquí La Labradora, a ella ofrecían los labradores los frutos de sus cosechas, en medio de las fiestas del seco y caluroso mes de agosto. La Encarnación, con recoleta y encalada ermita. La Virgen de la Cabeza, romera y serrana. Y ya, pasando al ámbito semanasantero, la Virgen de los Dolores, portadora de anhelos y deseos, la Virgen de la Amargura o la de la Soledad.

Pero puestos a contabilizar capillas y ermitas no queda aquí la cosa: proseguimos con la del Cristo, llamado de la Misericordia, pequeño y aceitunado en su color, preside una capilla que antes estaba dedicada a santa Ana, en ella se reza también al señor Santiago, representado a caballo, desenvainando la espada…; la de San José, junto al antiguo cementerio de la población, donde es venerado como patrón; San Antón, celebrado en su ermita por cuando “la gallina pon”, acompañado de la mártir santa Lucía, abogada de la vista, con ella “mengua la noche y crece el día”; la de El Santo, que pasa por ser la capilla más antigua, dedicada al bendito San Bartolomé Apóstol, cobijado junto a otras devociones más recientes: la Virgen de Lourdes o Santa Gema; la de San Isidro, apodado el Labrador y patrono de los campos; la de San Cristóbal, abogado de los conductores; y la de El sepulcrillo, pequeñísimo santuario del Señor muerto y sepultado. La lista se alarga con el Convento de los Mercedarios, templo de la Virgen de las Mercedes, ya citada, y otros tres más de religiosas de diversas Ordenes y congregaciones.

Herencia es, por todo lo dicho, un pueblo apasionado que vive al calor de las fiestas religiosas, con sus imágenes y procesiones, con sus ritos y tradiciones. Las gentes recrean y pasean la pasión por sus calles en estos días de Pascua florida. Últimamente hay un resurgir, fuerte, valiente y decidido, que apuesta por la semana santa, destacando todos sus valores: artísticos, culturales, religiosos, costumbristas y sociales. En este sentido, me parece sumamente valiosa la labor que viene desarrollando la Junta de Hermandades de Semana Santa, ya el pasado año se presentó el cartel anunciador, se pregonaron las glorias de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo por parte de D. Pedro Roncero, ex-párroco de la población y conocedor de la voluntad y ánimo que aquí se respira; y se publicó un Libro-Guía bajo el título Herencia de Pasión. Este año estos propósitos se han visto aumentados con creces. Como preludio a la semana de Pasión, se tuvo un Magno Pregón, en esta ocasión a cargo de D. Emilio Martín Aguirre, Presidente de la Asociación de Cofradías de Ciudad Real, quien con palabra cálida y ánimo encendido cantó y contó las glorias pasionales; en medio, la banda de cornetas y tambores calentaba ánimos y alentaba el espíritu, al tiempo que los ex-presidentes de la Junta Permanente recibían un sentido y merecido homenaje. En esos mismos días un gran cartel, con el rostro lloroso y sereno de la Virgen de los Dolores, anunciaba en calles y escaparates que la semana santa estaba cercana. Al tiempo, en librerías y kioscos veía la luz la segunda edición del Libro-Guía Herencia de Pasión, repleto de sugerentes fotos de ogaño y antaño, fotos para la historia y el recuerdo, y lleno de contenido literario en prosa y en verso, donde se dan a conocer diversas imágenes de pasión que no procesionan, valga como ejemplo la magnífica talla del Cristo del Consuelo, que desde los barceloneses talleres de Campanyá vino a ornamentar el convento mercedario.

Con el libro, dos novedades de sumo interés: una reproducción en pequeño del gran cartel anunciador, en este caso de la Virgen de los Dolores ya mencionada; y una pequeña joya bibliográfica, Brisa del Calvario. Poemario de Semana Santa, su autor es un joven poeta herenciano llamado Antonio Martín-Viveros, versos que brotan de una pluma ágil e inspirada; composiciones que nacen de un espíritu creyente, revestidas de una galanura y hermosura, que llegan a tejer de sueños y saetas el compás de la calle y de la acera; poesías que marcan el ritmo acompasado de los rostros nazarenos, recortando el aire, paseándose en esta tierra, al tiempo que se elevan hacia al cielo. Sirvan estos prestados versos de Antonio para acabar y encumbrar nuestras palabras: “A penas de las frágiles violetas / el tallo opriman negros sinsabores / ¿Qué quedará de tantos los colores, / saludo de la joven primavera? / Las calles florecieron las primeras / en flor está el almendro, todo flores: / en flor son de la Virgen los dolores / sin pétalos. Espinas, llanto y pena”.

P. Mario ALONSO AGUADO, O. de M.

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