jesus-visoLa muerte suele estar al servicio de la “leyenda” creada alrededor de determinados personajes, y sirve para darles gloria e inmortalidad, más allá del fin de sus días… Sin embargo, la “leyenda” del Padre Jesús ya se había forjado durante sus últimos años de vida. Su prematura e innecesaria desaparición, no sirvió absolutamente para nada. Nos dejó únicamente sin él, pero su persona, ya estaba mitificada hacía años… Cuando aún vivía, su legión de incondicionales, ya lo habíamos elevado a los altares de nuestro corazón y con nuestras oraciones, lo habíamos santificado “de facto”, en el reducto más íntimamente sincero de nuestras conciencias, allí donde da igual lo que diga Roma. El Padre Jesús fue el ser más maravilloso, que hemos conocido los muchos amigos que en vida, lo quisimos. Antes de los homenajes públicos, de los reconocimientos póstumos, antes incluso, de que fuese ensalzado con los demás difuntos del memorable Pregón de este año, el Padre Jesús ya había pasado a formar parte de la historia de Jerez.

De él se pueden decir muchas cosas y prodigios, pero quizás, sea mejor resumir toda su vida concluyendo, que “pasó por el Mundo haciendo el bien…”, que es, como él disfrutaba. Nuestra sociedad, posiblemente no esté preparada para entender, cómo una persona tan buena, ha existido y convivido entre nosotros, hasta hace escasamente un año. Cualquier hecho excepcional que -siendo cierto- pudiésemos relatar sus amigos, se puede tildar de exagerado o falto de objetividad. Las conversiones de casos perdidos para la Fe, las curaciones inexplicables y otros hechos providenciales que no vienen al caso -y de los que muchos hemos sido testigos-, quedan en nuestra conciencia para acrecentar nuestras convicciones. Hacer publico todo esto, corresponderá a quienes tengan autoridad en esa materia.
Vivió entre nosotros, con la sencilla majestad de un ser inmaterial y se engrandeció con las luces y sombras de lo cotidiano. Lejos de la parsimoniosa beatitud de quienes -por ser buenísimos- no necesitan ser convertidos a nada, vino a recuperar a quienes por nuestros errores, creíamos estar fuera de la Iglesia, haciéndonos ver que Dios, a pesar de todo, nos sigue queriendo tal y como somos… Hacernos creer que algo así era posible, fue su verdadera vocación. El Padre Jesús, bautizó a muchos niños que -de no ser por él- no se habrían bautizado nunca, impartió la Primera Comunión a muchos adultos que gracias a él se reencontraron con la Iglesia, confesó y llevó la orientación espiritual de muchos que nunca nos confesábamos, y acercó a Dios, a todo con el que se tropezó por la vida… De sus muchas obras de caridad, de sus matrimonios reconciliados para siempre, de sus jóvenes en riesgo de exclusión y reinsertados a la sociedad, de la gratitud de sus innumerables y reconocidos seguidores, tampoco hablaré en estas líneas por falta de espacio.

Todo el que lo conoció lo quiso. Era imposible experimentar otro sentimiento distinto al cariño ante quien era por sí mismo una “catarata de cariño”. Por eso Jerez, quiso hace un año despedirlo como él se merecía, y lo consiguió. El Padre Felipe Ortuno, llegó a decir -con razón- que “Así daba gusto morirse”, y yo pienso igual. Jamás he visto despedir a nadie con tanto cariño, como el que nos latió a todos en aquel triste día. Jerez devolvió lo que había recibido y fue un verdadero espectáculo de amor.

Ha pasado un año, y aún nos duele como si fuese ayer. No nos quedaban lágrimas en los ojos cuando su coche fúnebre enterrado en flores se preparaba ante la basílica de la Merced, para salir con destino a la Mancha… Fueron más de cinco horas tristísimas e interminables, hasta llegar a los límites de la provincia de Ciudad Real y entrar en Herencia, su pueblo. Al llegar a la plaza que hay ante el Convento de la Merced, una muchedumbre silenciosa de cientos de personas, lo estaba esperando. Era casi la una de la madrugada y el pueblo de Herencia se había echado a la calle para recibir los restos de su amigo “Chule” o “El Viso” como lo llamaban los compañeros de escuela.

Los Jerezanos -que lo habíamos escoltado desde que salió de la Basílica- hicimos entrega de su cuerpo a los frailes y al pueblo de Herencia. Nos abrazamos y lloramos juntos… La capilla ardiente duró toda la noche y a las doce de la mañana se celebró el funeral. Cuando llegó la hora del traslado al cementerio, el pueblo pidió llevarlo a hombros, a pesar de que el trayecto era de varios kilómetros. Al salir el féretro de la Iglesia portado por los padres blancos de la Merced, la multitud congregada lo saludó con una salva cerrada de ovaciones. Pronto, los mercedarios fueron cediendo sus puestos a todos los hombres, mujeres y niños que quisimos llevarlo. Y finalmente antes de que le diésemos sepultura, tomó la palabra “Lucas el Cartero” amigo íntimo del padre Jesús -que roto de dolor-, leyó una antiquísima oración y cantó lo mejor que pudo el himno de la Virgen de la Cabeza. Los Jerezanos, nos fundimos en un abrazo ante su sepultura y en su honor nos prometimos eterna amistad.

Hoy se cumple un año de todo aquello. A Herencia, todavía siguen llegando flores de toda España, para honrar los restos de un hombre bueno, que aun nacido en La Mancha, quiso ser Jerezano por voluntad propia, “pasó por el Mundo haciendo el bien” y regalando amor a todos los que quisieron conocerlo. Quienes tuvimos esa dicha, podemos llamarnos afortunados, pues sin duda fue un ser irrepetible… Él nos hizo amigos y nos enseñó a entendernos y aceptarnos tal como somos.

Hay en Jerez desde su muerte, una nueva Hermandad, mi hermano Manuel Ángel la define como, la de “Los amigos del Padre Jesús”. Carece de escudo, de reglas y de estandartes, tampoco hay listado de hermanos. No se trata de otra polémica cofradía de penitencia, sino de una sencilla afinidad personal. Los que la sentimos, sabemos quiénes y por qué formamos parte de ella. Siempre que nos vemos, nos abrazamos y hablamos de él emocionados, como si necesitáramos confirmar a nuestro subconsciente, que todo aquello sucedió de verdad, que aquel ser maravilloso existió y que tuvimos la suerte de conocerlo, tocarlo, ser sus amigos… Y al contar sus anécdotas, rememorar sus vivencias y encomendar a él nuestras oraciones diarias, le hacemos el más sencillo y grandioso de los homenajes, el de nuestro permanente recuerdo. Bendita sea su memoria.

Vía: www.diariodejerez.es

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