Un tiempo después de su publicación en El Rondadías publicamos la entrevista realizada a Luis Martínez Calcerrada. Debido a un error no fue publicada en su día y ahora la retomamos para aquellos que quieran disfrutar la versión íntegra en la web.

entrevista Luis Martínez Calcerrada2Después de haber hablado por teléfono en varias ocasiones y barajar distintas posibilidades de fechas y lugares para la entrevista, coincidimos en una tarde de primavera en su despacho de Herencia. Llegamos a la hora acordada y aun esperamos un rato a que aparezca porque, según nos cuenta su secretaria, ha tenido que salir al campo en el último momento. Aparece jovial, pese a tener 75 años y un cabello plateado, con espíritu alegre, sin corbatas, trajes ni boatos. Transpira afabilidad, sencillez, llegando incluso a mostrar ciertas aristas campechanas lo que confunde al periodista que ante una pregunta trivial responde: “donde quieras”. Inmediatamente emerge de aquella imagen pueblerina la persona que realmente es y las exigencias que lo definen: “¿cómo que donde quieras? Soy tres veces Excelentísimo: por Magistrado del Tribunal Supremo, por Catedrático de Derecho Civil y por pertenecer a la Real Academia de Doctores”. Toma ya. Primera lección antes incluso de empezar. Algo lógico para alguien acostumbrado a enseñar en las aulas y en conferencias internacionales y habituado no solo al fondo, sino a las formas. A fin de cuentas quien tuvo retuvo, y la autoridad se demuestra andando; o poniendo cada cosa en su sitio. Como en un juicio continuo. Como la vida misma.

El apellido compuesto, Martínez-Calcerrada, resulta muy herenciano. ¿Orgulloso de ser de donde es?

Para mí el nombre de Herencia es entrañablemente sentido. Hace casi treinta años escribí Herencia vista por un herenciano ejerciente. El título era significativo puesto que se trataba de una persona que aunque no vivía en Herencia se sentía herenciano ejerciente, herenciano activo. De todos los pocos o muchos nombramientos que a lo largo de mi historia profesional he asumido del que más me enorgullezco y llevo a gala es ser Hijo Predilecto de Herencia. Me apena mucho que, por ejemplo, los queseros de la localidad no se hayan unido en cooperativa para explotar y exportar el nombre y la buena fama del queso manchego de Herencia.Ya me gustaría estar más tiempo aquí, pero tengo otras muchas pocas cosas que también tengo que atender. Cuando me voy del pueblo lo hago con gran sentimiento. Mis mejores amigos del pueblo son de una generación ya mayor y me conduele mucho ver cómo todos nos vamos cargando de años. Tenemos una peña gastronómica, “Los Sanchos”, y nos reunimos periódicamente en “El Casino”, del que soy socio de honor. Este tipo de títulos, aunque modestos, porque todos manan de un lugar tan popular y tan poco conocido como Herencia , constituyen un auténtico orgullo para mí.

¿Cómo una persona que nace en mitad de La Mancha, en un pueblo dejado de la mano de Dios en aquellos años, se convierte en Magistrado del Tribunal Supremo y no perece en el intento?

En la vida las personas se hacen, y en el libro “Herencia. Autobiografía y pueblo” se esboza un poco mi trayectoria vital. Todo ocurre porque tuve la suerte de coincidir con un maestro ejemplar, don Emilio García Ponte. Un hombre austerísimo, sobrio, y con una trayectoria lamentable. Exiliado de Lorca, fue objeto de una depuración por cuestiones políticas. En aquella época la mayor parte de los maestros de enseñanza primaria eran de izquierdas y republicanos. Aquel hombre me inculcó el estudio e incluso me impartía clases particulares hasta que ya en cuarto curso de Bachiller le dijo a mi padre: “mire usted don Telesforo, yo ya no puedo seguir dándole clases a su hijo porque yo no se latín”. Era un ejemplo de honestidad, porque había otros maestros que sabían menos y lo hacían.

En este momento recuerda con una extraña mezcla de melancolía, orgullo, satisfacción y agradecimiento toda su trayectoria académica y profesional. Llevados de las manos de sus memorias nos transporta al colegio interno de Valdepeñas y a Madrid donde terminó el séptimo curso. Con una cadencia en su voz, que casi parece un conjuro o un encantamiento, habla del momento decisivo en que opta por opositar a judicatura. “Mi padre quería que hubiera hecho las oposiciones de notario, pero me asusté un poco porque eran muy difíciles”. Y brotan de sus labios palabras como esfuerzo. Finalmente, la satisfacción de ser el número dos de la promoción, y el inicio de la carrera judicial: primero con la magistratura de trabajo en Ávila, salpicada de anécdotas: “Allí estaba yo cuando ocurren los sucesos del 23F. Tenía como secretaría (durante tres años) a María Teresa Fernández de la Vega [actual Vicepresidenta de Gobierno]. Al día siguiente teníamos que ir a Ávila, pero ella no se atrevía a ir por cómo estaban las cosas, y yo le dije, no, no, Teresina, vente tú conmigo que no te va a ocurrir nada”.

Son muchos años impartiendo justicia, algo de vocación habrá que tener para estar en esto tanto tiempo…

Sí, sí. También tengo una gran vocación de jurista. Soy una persona tan extremista que si yo fuera alguien en este mundo, metafóricamente hablando, diría que todos deberían saber inglés y tener la carrera de Derecho. Sin inglés no se puede ir a ningún sitio. Lamentablemente yo no sé inglés. En cuanto al Derecho hay que decir que es la carrera que da más cultura, más humanidad, más sociología, más defensa de la legalidad. Si escuchas hablar a un jurista te das cuenta de que tiene un sentido especial, domina las metáforas, los conceptos, los relatos. A veces parecen pedagogos, retóricos. Aunque quiero decir que uno no nace, sino que se va haciendo. Después de quince años en la Sala Primera de lo Civil del Tribunal Supremo me jubilé, de esto hace ya cinco años, y no quise quedarme de emérito. Tengo muchas pocas cosas familiares que quiero atender y me absorben mucho tiempo. Soy una persona muy versátil y cuando estoy en un sitio me entrego totalmente a él. Ahora tengo el aliciente de venir a mi pueblo y a una finca que tengo en Guadalajara, que es mi refugio durante los fines de semana.

¿Cree en la Justicia?

[La pregunta le descoloca por momentos. Se revuelve en su sillón, suspira, medita rápidamente, sonríe y responde]. Más que creer en la justicia, tengo que creer en la justicia. Porque es el último asidero que tiene la persona para vivir con un mínimo de seguridad. Si uno no cree en la justicia ni en los jueces, ¿en qué va a creer? Uno tiene por necesidad que creer en los jueces, que por lo normal son personas honestas. Se pueden equivocar porque son seres humanos, pueden tener defectos, pero por lo general hay que creer en la justicia y en la honradez de los jueces, lo cual no quita que haya excepciones.

Hay quien dice que la justicia funciona mal.

Es una opinión generalizada que la justicia no funciona, sobre todo porque tiene un mal endémico que es el retraso en resolver los procedimientos judiciales. Tales defectos pueden imputárselos a varias causas: la dificultad de los procedimientos, el entresijo de los trámites judiciales, y la falta de medios. Sin embargo puedo asegurar que en cualquier órgano judicial, si el titular funciona, el órgano funciona. Cuando en un establecimiento, en un servicio, en un organismo, no funcionan las cosas, el que falla es el jefe. En los juzgados que he estado lo primero que hacía era pintar todas las dependencias del juzgado, y hacer unos aseos nuevos y poner letreros, o sea, cuidar la imagen. Yo es que soy un poco elitista o detallista, con perdón de la petulancia, pero para mí los detalles son muy importantes. También hay una causa muy importante que se oculta y que origina el retraso de la justicia: normalmente en todo juicio o procedimiento judicial hay una parte que le interesa la celeridad y otra parte que le interesa la dilación. De todos modos, en definitiva, hay que creer por egoísmo en la justicia.

¿Qué es la Justicia?

Podría decirte la definición de Ulpiano: suum cuique tribuendi, dar a cada uno lo suyo.

¿Con la legislación actual es posible dar a cada uno lo suyo?

Salvo leyes que tienen una connotación ideológica, política o religiosa, en la que puede haber dispares criterios de valoración y que influyen en el cuadro axiológico de valores de las personas, normalmente si se aplican rectamente las leyes se obtendrá una buena justicia. Eso si el juez también actúa como un buen juez.

¿La justicia está politizada o puede estarlo?

La pregunta es de profundo calado. En principio hay que decir que la justicia no está politizada. Lo que pasa es que lamentablemente hay una realidad casi ontológica, y es que el juez es una persona humana y tiene sus propias ideas. El juez de izquierdas puede ser tan buen juez como uno de derechas, pero sin embargo, ante un problema que tenga un precipitado político, es muy difícil que se sustraiga a su propio círculo de valores. Por ejemplo, un juez de derechas ante un tema de aborto pues procurará restringir la aplicación de la ley permisiva y un ley de izquierdas no. En el buen juez influye mucho sus circunstancias personales, familiares, psicológicas, y físicas. Un juez rico no emite una misma justicia que un juez pobre, aunque todos apliquen la misma ley [aquí matiza sus palabras, que no hay que tomarlas en el sentido literal sino desde el punto de vista de sus circunstancias sociales y personales]. No todos los jueces son iguales, pero un juez debe de ser celoso cumplidor de la legalidad y procurar eludir en lo posible esos resortes de su personalidad. Con respecto a los altos organismos lamentablemente existen unas adscripciones de los jueces y magistrados a las distintas asociaciones de jueces. Hay una asociación progresista, Jueces por la Democracia, y una asociación conservadora, la Asociación de la Magistratura. Entonces es muy difícil designar que ambos van a fallar exactamente igual ante un tema polémico.

Habiendo tenido un padre alcalde, ¿nunca ha tenido la tentación de dedicarse a la política?

Hubo gente que me intento inculcar una vocación política. A mí me gusta mucho la retórica y la oratoria. He impartido muchas conferencias, y todavía hoy lo hago, pero sin embargo yo soy un hombre inflexible. No creo que sea tan dúctil como creo que a veces el político tiene que acomodarse a las circunstancias propias de la situación que tenga o de los medios con los que cuente. Me ha gustado la política a nivel didáctico-cultural, pero no a nivel operativo.

¿Y qué le parece que un juez aparque su carrera judicial para dedicarse a la política y luego vuelva de nuevo a su carrera judicial?

Me parece verdaderamente lamentable. Creo que un juez tránsfuga no es un buen juez en general.

¿Usted cómo ha administrado Justicia?

Siempre presumo de ser un juez que nunca ha puesto una sentencia fuera de plazo porque siempre he sido muy autoexigente, y me guío por tres reglas de conducta. El hombre para triunfar en cualquier actividad tiene que cumplir tres máximas de conducta: primera, cuidar los detalles; segunda, lo pendiente hazlo ayer; y tercera, piensa que de cualquier asunto el otro sabe como mínimo igual que tú. A parte de eso, creo que he puesto sentencias dignas y meritorias, aunque la más satisfactoria de mi luenga carrera fue una cuando era magistrado de Trabajo en Madrid. Me di cuenta de que los enfrentados eran hermanos. Entonces le dije a los abogados que aquello era una vergüenza. Desalojé la sala, les dije que me negaba a poner una sentencia y que había que llegar a un acuerdo conciliatorio como fuera. Al final lo conseguí. Antes de empezar el siguiente juicio llamaron a la puerta y eran los hermanos. Creía que iban a decirme que los había coaccionado, cosa que era cierta, y sin embargo me dieron las gracias porque no solo habían llegado a un acuerdo sino que también se habían arreglado las familias que estaban afuera llorando y abrazándose. Eso me causó una satisfacción tremenda. Mucho mayor que cualquier sentencia que hubiera hecho con las aportaciones del derecho romano.

Entrevista realizada por : Ismael Gomez- Calcerrada

espués de haber hablado por teléfono en varias ocasiones y barajar distintas posibilidades de fechas y lugares para la entrevista, coincidimos en una tarde de primavera en su despacho de Herencia. Llegamos a la hora acordada y aun esperamos un rato a que aparezca porque, según nos cuenta su secretaria, ha tenido que salir al campo en el último momento. Aparece jovial, pese a tener 75 años y un cabello plateado, con espíritu alegre, sin corbatas, trajes ni boatos. Transpira afabilidad, sencillez, llegando incluso a mostrar ciertas aristas campechanas lo que confunde al periodista que ante una pregunta trivial responde: “donde quieras”. Inmediatamente emerge de aquella imagen pueblerina la persona que realmente es y las exigencias que lo definen: “¿cómo que donde quieras? Soy tres veces Excelentísimo: por Magistrado del Tribunal Supremo, por Catedrático de Derecho Civil y por pertenecer a la Real Academia de Doctores”. Toma ya. Primera lección antes incluso de empezar. Algo lógico para alguien acostumbrado a enseñar en las aulas y en conferencias internacionales y habituado no solo al fondo, sino a las formas. A fin de cuentas quien tuvo retuvo, y la autoridad se demuestra andando; o poniendo cada cosa en su sitio. Como en un juicio continuo. Como la vida misma.

El apellido compuesto, Martínez-Calcerrada, resulta muy herenciano. ¿Orgulloso de ser de donde es?

Para mí el nombre de Herencia es entrañablemente sentido. Hace casi treinta años escribí Herencia vista por un herenciano ejerciente. El título era significativo puesto que se trataba de una persona que aunque no vivía en Herencia se sentía herenciano ejerciente, herenciano activo. De todos los pocos o muchos nombramientos que a lo largo de mi historia profesional he asumido del que más me enorgullezco y llevo a gala es ser Hijo Predilecto de Herencia. Me apena mucho que, por ejemplo, los queseros de la localidad no se hayan unido en cooperativa para explotar y exportar el nombre y la buena fama del queso manchego de Herencia.Ya me gustaría estar más tiempo aquí, pero tengo otras muchas pocas cosas que también tengo que atender. Cuando me voy del pueblo lo hago con gran sentimiento. Mis mejores amigos del pueblo son de una generación ya mayor y me conduele mucho ver cómo todos nos vamos cargando de años. Tenemos una peña gastronómica, “Los Sanchos”, y nos reunimos periódicamente en “El Casino”, del que soy socio de honor. Este tipo de títulos, aunque modestos, porque todos manan de un lugar tan popular y tan poco conocido como Herencia , constituyen un auténtico orgullo para mí.

¿Cómo una persona que nace en mitad de La Mancha, en un pueblo dejado de la mano de Dios en aquellos años, se convierte en Magistrado del Tribunal Supremo y no perece en el intento?

En la vida las personas se hacen, y en el libro “Herencia. Autobiografía y pueblo” se esboza un poco mi trayectoria vital. Todo ocurre porque tuve la suerte de coincidir con un maestro ejemplar, don Emilio García Ponte. Un hombre austerísimo, sobrio, y con una trayectoria lamentable. Exiliado de Lorca, fue objeto de una depuración por cuestiones políticas. En aquella época la mayor parte de los maestros de enseñanza primaria eran de izquierdas y republicanos. Aquel hombre me inculcó el estudio e incluso me impartía clases particulares hasta que ya en cuarto curso de Bachiller le dijo a mi padre: “mire usted don Telesforo, yo ya no puedo seguir dándole clases a su hijo porque yo no se latín”. Era un ejemplo de honestidad, porque había otros maestros que sabían menos y lo hacían.

En este momento recuerda con una extraña mezcla de melancolía, orgullo, satisfacción y agradecimiento toda su trayectoria académica y profesional. Llevados de las manos de sus memorias nos transporta al colegio interno de Valdepeñas y a Madrid donde terminó el séptimo curso. Con una cadencia en su voz, que casi parece un conjuro o un encantamiento, habla del momento decisivo en que opta por opositar a judicatura. “Mi padre quería que hubiera hecho las oposiciones de notario, pero me asusté un poco porque eran muy difíciles”. Y brotan de sus labios palabras como esfuerzo. Finalmente, la satisfacción de ser el número dos de la promoción, y el inicio de la carrera judicial: primero con la magistratura de trabajo en Ávila, salpicada de anécdotas: “Allí estaba yo cuando ocurren los sucesos del 23F. Tenía como secretaría (durante tres años) a María Teresa Fernández de la Vega [actual Vicepresidenta de Gobierno]. Al día siguiente teníamos que ir a Ávila, pero ella no se atrevía a ir por cómo estaban las cosas, y yo le dije, no, no, Teresina, vente tú conmigo que no te va a ocurrir nada”.

Son muchos años impartiendo justicia, algo de vocación habrá que tener para estar en esto tanto tiempo…

Sí, sí. También tengo una gran vocación de jurista. Soy una persona tan extremista que si yo fuera alguien en este mundo, metafóricamente hablando, diría que todos deberían saber inglés y tener la carrera de Derecho. Sin inglés no se puede ir a ningún sitio. Lamentablemente yo no sé inglés. En cuanto al Derecho hay que decir que es la carrera que da más cultura, más humanidad, más sociología, más defensa de la legalidad. Si escuchas hablar a un jurista te das cuenta de que tiene un sentido especial, domina las metáforas, los conceptos, los relatos. A veces parecen pedagogos, retóricos. Aunque quiero decir que uno no nace, sino que se va haciendo. Después de quince años en la Sala Primera de lo Civil del Tribunal Supremo me jubilé, de esto hace ya cinco años, y no quise quedarme de emérito. Tengo muchas pocas cosas familiares que quiero atender y me absorben mucho tiempo. Soy una persona muy versátil y cuando estoy en un sitio me entrego totalmente a él. Ahora tengo el aliciente de venir a mi pueblo y a una finca que tengo en Guadalajara, que es mi refugio durante los fines de semana.

¿Cree en la Justicia?

[La pregunta le descoloca por momentos. Se revuelve en su sillón, suspira, medita rápidamente, sonríe y responde]. Más que creer en la justicia, tengo que creer en la justicia. Porque es el último asidero que tiene la persona para vivir con un mínimo de seguridad. Si uno no cree en la justicia ni en los jueces, ¿en qué va a creer? Uno tiene por necesidad que creer en los jueces, que por lo normal son personas honestas. Se pueden equivocar porque son seres humanos, pueden tener defectos, pero por lo general hay que creer en la justicia y en la honradez de los jueces, lo cual no quita que haya excepciones.

Hay quien dice que la justicia funciona mal.

Es una opinión generalizada que la justicia no funciona, sobre todo porque tiene un mal endémico que es el retraso en resolver los procedimientos judiciales. Tales defectos pueden imputárselos a varias causas: la dificultad de los procedimientos, el entresijo de los trámites judiciales, y la falta de medios. Sin embargo puedo asegurar que en cualquier órgano judicial, si el titular funciona, el órgano funciona. Cuando en un establecimiento, en un servicio, en un organismo, no funcionan las cosas, el que falla es el jefe. En los juzgados que he estado lo primero que hacía era pintar todas las dependencias del juzgado, y hacer unos aseos nuevos y poner letreros, o sea, cuidar la imagen. Yo es que soy un poco elitista o detallista, con perdón de la petulancia, pero para mí los detalles son muy importantes. También hay una causa muy importante que se oculta y que origina el retraso de la justicia: normalmente en todo juicio o procedimiento judicial hay una parte que le interesa la celeridad y otra parte que le interesa la dilación. De todos modos, en definitiva, hay que creer por egoísmo en la justicia.

¿Qué es la Justicia?

Podría decirte la definición de Ulpiano: suum cuique tribuendi, dar a cada uno lo suyo.

¿Con la legislación actual es posible dar a cada uno lo suyo?

Salvo leyes que tienen una connotación ideológica, política o religiosa, en la que puede haber dispares criterios de valoración y que influyen en el cuadro axiológico de valores de las personas, normalmente si se aplican rectamente las leyes se obtendrá una buena justicia. Eso si el juez también actúa como un buen juez.

¿La justicia está politizada o puede estarlo?

La pregunta es de profundo calado. En principio hay que decir que la justicia no está politizada. Lo que pasa es que lamentablemente hay una realidad casi ontológica, y es que el juez es una persona humana y tiene sus propias ideas. El juez de izquierdas puede ser tan buen juez como uno de derechas, pero sin embargo, ante un problema que tenga un precipitado político, es muy difícil que se sustraiga a su propio círculo de valores. Por ejemplo, un juez de derechas ante un tema de aborto pues procurará restringir la aplicación de la ley permisiva y un ley de izquierdas no. En el buen juez influye mucho sus circunstancias personales, familiares, psicológicas, y físicas. Un juez rico no emite una misma justicia que un juez pobre, aunque todos apliquen la misma ley [aquí matiza sus palabras, que no hay que tomarlas en el sentido literal sino desde el punto de vista de sus circunstancias sociales y personales]. No todos los jueces son iguales, pero un juez debe de ser celoso cumplidor de la legalidad y procurar eludir en lo posible esos resortes de su personalidad. Con respecto a los altos organismos lamentablemente existen unas adscripciones de los jueces y magistrados a las distintas asociaciones de jueces. Hay una asociación progresista, Jueces por la Democracia, y una asociación conservadora, la Asociación de la Magistratura. Entonces es muy difícil designar que ambos van a fallar exactamente igual ante un tema polémico.

Habiendo tenido un padre alcalde, ¿nunca ha tenido la tentación de dedicarse a la política?

Hubo gente que me intento inculcar una vocación política. A mí me gusta mucho la retórica y la oratoria. He impartido muchas conferencias, y todavía hoy lo hago, pero sin embargo yo soy un hombre inflexible. No creo que sea tan dúctil como creo que a veces el político tiene que acomodarse a las circunstancias propias de la situación que tenga o de los medios con los que cuente. Me ha gustado la política a nivel didáctico-cultural, pero no a nivel operativo.

¿Y qué le parece que un juez aparque su carrera judicial para dedicarse a la política y luego vuelva de nuevo a su carrera judicial?

Me parece verdaderamente lamentable. Creo que un juez tránsfuga no es un buen juez en general.

¿Usted cómo ha administrado Justicia?

Siempre presumo de ser un juez que nunca ha puesto una sentencia fuera de plazo porque siempre he sido muy autoexigente, y me guío por tres reglas de conducta. El hombre para triunfar en cualquier actividad tiene que cumplir tres máximas de conducta: primera, cuidar los detalles; segunda, lo pendiente hazlo ayer; y tercera, piensa que de cualquier asunto el otro sabe como mínimo igual que tú. A parte de eso, creo que he puesto sentencias dignas y meritorias, aunque la más satisfactoria de mi luenga carrera fue una cuando era magistrado de Trabajo en Madrid. Me di cuenta de que los enfrentados eran hermanos. Entonces le dije a los abogados que aquello era una vergüenza. Desalojé la sala, les dije que me negaba a poner una sentencia y que había que llegar a un acuerdo conciliatorio como fuera. Al final lo conseguí. Antes de empezar el siguiente juicio llamaron a la puerta y eran los hermanos. Creía que iban a decirme que los había coaccionado, cosa que era cierta, y sin embargo me dieron las gracias porque no solo habían llegado a un acuerdo sino que también se habían arreglado las familias que estaban afuera llorando y abrazándose. Eso me causó una satisfacción tremenda. Mucho mayor que cualquier sentencia que hubiera hecho con las aportaciones del derecho romano.