Tribuna y Opinión por José Luis Gómez-Calcerrada Gascón

Son tiempos de Carnaval y mi obligada lejanía, como la de tantos otros herencianos, nos han servido por necesidad para descubrir las esencias que identifican el hecho más identitario y mágico y que mejor nos define la vida cotidiana de nuestro pueblo. El intermitente alejamiento de Herencia me está sirviendo para vivir con mayor intensidad sus luces, colores, sonidos y sabores.

Sin duda que son tiempos de carnaval: “Los Prisillas”, Los Ansiosos, Chirigota Los Perendenngues, Las Deseosas, las jinetas, los gigantes y cabezudos, pasacalles, el puñao, las gachas, la rosca Utrera, las asociaciones en acción, las campanadas Uvautreras… y tantas actividades en las que se funde lo nuevo con lo viejo, lo antiguo con lo moderno, lo clásico con lo vanguardista, los padres con los hijos

El Carnaval no deja de ser una sucesión de hechos cotidianos que han hecho historia y que la memoria popular ha sabido cuidar y transmitir a sus distintas generaciones. Para los de mi generación, la jerarquía de mis más deseadas emociones se fraguaron en esa patria íntima que es la infancia. A partir de aquí fueron multiplicándose en estas calles y plazas que el recuerdo magnífica y el presente enternece; en los pardos campos que envuelven al pueblo y lo integran como un accidente más del terreno y en ese carácter franco, amistoso y festivo que los herencianos hemos sabido conservar y fomentar.

Es por ello que el debate comparativo entre carnaval de antes o el de ahora resulta falso, como lo es también el ofertorio de antes o el de ahora, o máscaras con disfraces de “andar por casa” o más ornamentales y vistosos. No, definitivamente no; lo que ha ocurrido es una adaptación, a veces no sin conflicto, del Carnaval y sus protagonistas: los Herencianos, a la realidad mutante de año en año.

Cada vez que vuelvo al Carnaval, recuerdo el calidoscopio de colores que prodigiosamente, son los colores de siempre: El color de púrpura cardenalicia, que vetea el profundo cielo azul en algunos atardeceres; el morado penitente de esa sutil señorita que en otoño florece en nuestros campos manchegos en la fugaz y vaporosa flor del azafrán; el añil de zócalos y marcos; los mudables colores del paraje La Pedriza que amparan y aviva esta intensa luz blanca que ilumina nuestra tierra.

Cada vez que vuelvo al Carnaval me inundan los olores que sólo en Herencia huelo. Son los olores, Herencia, de todas las partes de tu cuerpo. Es el olor de los frutos de la sangre roja de tu tierra generosa, es el olor del Puente Alto y el Rondadías, después de un baño en el apacible Cigüela, y es el olor de tus cocinas, que perseveran en las mismas costumbres y paladares de siempre.

Cada vez que vuelvo al carnaval, de todos tus sabores, Herencia, me quedo con el profundo sabor de las gachas; sin duda el plato más humilde, pero también el más nuestro

Y es que cada vez que vuelvo al carnaval me huele a eso: a carnaval, a PERLE, a agua bendita, incienso y todo bajo palio, que lo mismo salen días de febrero con sol que lo hacen con lluvia, pero siempre con frío para calmar a las ánimas que curiosamente tan buen maridaje hace con los aspectos más lúdicos de la fiesta, pero sobretodo huele a máscara loca con vozarrón afinado con el ábrego de madrugada, vino de uvas de Matallana y copa de cazalla.

Oler, vaya si huele, a sudor de cuerpos disfrazados de sí mismos, que es el mejor disfraz y el más sincero. Huele tanto a Carnaval que ni mil balsas de aceite lo podrían evitar. Y es que el día que los máscaros aprendieron, era cuestión de tiempo, a mezclar en coctelera las esencias de la vida, el incienso purificador, el renovado impulso de la juventud y el revoleteó de sobradas dosis de amor. Si,en ese día el CARNAVAL se eternizó y quedó grabado a sangre y fuego en el corazón de los herencianos de pro.

Eran días de vino y rosas, cuando espuelas y bridas apenas encauzaban el alocado trotar de un carnaval desbocado en el que algo debió suceder cuando el carnaval siempre se celebró en una negociación entre poder civil y poder religioso, en un intercambio de monedas de plata, hornazos, pujas, papelillos y serpentinas.

Cada vez que vuelvo al Carnaval, todas estas sensaciones de colores, olores y sabores, se confabulan y como un imán inevitable, me trasladan a los jóvenes, que constituyen la savia de un porvenir que ahora es presente y siempre será el porvenir de este pueblo nuestro que, calladamente, ha ido adaptándose a los nuevos tiempos, sin perder la identidad y raigambre de su pasado.

El conjunto de algunas vivencias personales que forman la cartografía de mis más queridos recuerdos, constituirá para siempre, el mapa más preciado de mis emociones, y no os exagero si os digo que cada vez que me alejo del Carnaval, mi corazón, en lugar de sangre me bombea nostalgia.

Dura prueba a la que hace un año fue sometido el Carnaval, como si el destino hubiese querido poner a prueba su calificación de Fiesta de interés Turístico Nacional. La pérdida de Gonzalo Buján empañó la celebración. Al impacto inicial de sorpresa, indignación y paralización, siguió una ejemplar reacción que nos ha llevado en volandas a las puertas del Carnaval 2.019. Sin duda que hoy tenemos un Carnaval más maduro, resistente y solidario, aunque el coste haya sido insoportable y terrorífico. Hagamos el imposible de que Gonzalo está con nosotros en este Carnaval para empujarnos en ese tramo final que ponga de manifiesto que el título que ostenta nuestro Carnaval no es por casualidad.

(JL. G-C G// 24- 2-2.019)

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