Pregón de Julián el Psicólogo para la Feria de Herencia

Hace unos días Julián García Camacho compartió en redes sociales el pregón tenía escrito para pronunciarlo en la inauguración de la Feria de este año 2022, a la que he tenido el placer de poder asistir. No pudo ser, pese a la propuesta de algunos herencianos, porque los políticos tenían otros planes. Pero gracias a la magia de las redes sociales ha podido compartirlo y nos ha permitido compartirlo para toda Herencia en este diario.

Pregón de Julián el Psicólogo

«Vecinos de la Villa de Herencia, como herenciano de adopción que soy, os debo una explicación. Y esa explicación que os debo, os la voy a pagar. O, al menos, voy a intentarlo.

En la huerta herenciana brotan productos de gran calidad, fruto del trabajo de sus hortelanos, y, aunque no brotan hombres o mujeres, como ocurría en “Amanece que no es poco”, Herencia sabe cuidar a sus gentes para que crezcan sanas y fuertes; para que dé gusto verlas.

El abono para que haya herencianos capaces de dar la vuelta al mundo en bicicleta, de vestir las mejores óperas y obras de teatro, de interpretar, tanto música como guiones, de pintar obras de arte, de realizar fotografías impresionantes, de producir los mejores quesos del mundo, de ejercer como misioneros en los más remotos rincones del planeta, grandes maestros que han formado generaciones enteras de niños y jóvenes con vocación, dedicación y pasión por su trabajo, emprendedores que han forjado su propio negocio a base de confianza y esfuerzo, mujeres que han mantenido la economía familiar en momentos muy duros, dejándose la vista y la espalda en la aguja y las telas, hombres viviendo en la carretera para sacar adelante a sus familias, yendo a buscar el trabajo donde lo hubiera…

El abono para que haya tantos herencianos y herencianas brillantes, luchadores y dignos de admiración es el cariño; el amor por su tierra y sus gentes, por su historia y su día a día, por su forma de ser y de estar en el mundo.

Sin embargo, lo más grande en esa labor de hortelanos de personas de calidad, de buenas personas, que han sido y son de gran ayuda para sus vecinos, con preciosos brotes de generosidad, de solidaridad y de entrega, es que no se limitan, no se han limitado nunca, a cultivar y sacar adelante los frutos propios.

En Herencia no se miran los apellidos; da igual los que tengas; da igual dónde hayas nacido o de donde vengas. Si tienes ganas de quedarte, de ser uno más, se ocuparán de transplantarte con mimo, de regarte con dedicación y cariño, de podarte las tontás que te vayan saliendo, cuando toque, y de abonarte cuanto haga falta, para que crezcas sano y hermoso, como esos árboles centenarios que regalan sombra y oxígeno durante décadas, mientras no aparece algún político que decide erradicarlos.

Así me he sentido yo durante las tres décadas (29 años, para que el diablo no se ría de la mentira) que he tenido el orgullo, la satisfacción y la enorme fortuna de vivir aquí.

Llegué a Herencia en febrero de 1985, en el papel de psicólogo municipal… o “de intervención social”, como se denominaba técnicamente mi puesto.

En realidad, mi primer contrato fue con cargo a la Escuela Infantil, que era para lo único que el Ayuntamiento había conseguido dinero, aunque, desde el primer momento, el compromiso con el Alcalde, el legendario Pepe Roselló, fue que trabajaría para los Servicios Sociales; en general.

Un poco más adelante, cuando ya me había incorporado, el boss aceptó de muy buena gana mi propuesta de atender también como psicólogo clínico a los vecinos que lo necesitaran. Eso evitaba largas esperas con mis escasos colegas de la Seguridad Social y un tipo de intervención diferente -más global- gracias a la cercanía, tanto física como emocional, con los usuarios de aquél servicio. En realidad, hacía una especie de mix entre atención social, comunitaria, familiar y personal. Participaba, en la parte que me correspondía por mi profesión, con el resto del equipo y también atendía de manera individualizada a quienes lo requerían.

Casi una década más tarde, aún puedo sentir el cariño y la amabilidad de quienes fuisteis mis conciudadanos durante casi treinta años.

En Herencia, como pasa en cualquier parte, hay de todo, como en botica, pero el recuerdo y la emoción que me llevé de aquí y que aún mantengo, es de agradecimiento, de cordialidad y de cariño.

Los manchegos suelen ser gente acogedora, tal vez porque su tierra lo fue siempre de paso y aprendieron a valorar a quienes decidían quedarse en ella.

Mi trabajo aquí me proporcionó un enriquecimiento personal incalculable:

He conocido familias con más o menos conflictos y problemas; he trabajado con ellas; he visto crecer a sus hijos, convertirse en adultos y tener hijos a su vez; he podido comprobar que los prejuicios siempre son erróneos y no hacen justicia; que cualquiera puede salir adelante, por muchas dificultades que haya tenido, si se le presta la atención y la ayuda que necesita; he tocado con mis manos lo beneficiosos que son los Servicios Sociales, por mucho que algunos políticos necios hayan considerado prescindibles muchas de sus actuaciones.

En una ocasión, caminando por Ciudad Real para asistir a una manifestación contra los recortes que nos imponían seres oscuros desde Europa y aceptaban otros seres, aún más oscuros, en nuestra patria, me encontré con el hijo de una de aquellas familias en las que resultaba tan difícil vivir y desarrollarse. Hacía mucho que no lo veía. Nos saludamos, le pregunté por su vida y me puso al día: estaba estudiando en la capital, costeando sus estudios con uno o dos trabajos y viviendo con su novia en un pequeño apartamento. Estudiaba Trabajo Social. Toda una metáfora de agradecimiento y superación.

En otra ocasión, cuando ya no vivía en Herencia, en una de mis visitas para saludar antiguas amistades, me reconoció una gitana que había sido asidua de los servicios sociales, con la que habíamos tenido nuestros más y nuestros menos, aunque la balanza debió vencerse finalmente hacia “los más”, porque me hizo señas para que bajara del coche y, cuando lo hice, me dio un abrazo tan enorme como su corazón. Se alegró de verme y de poder darme aquel abrazo. El agradecimiento por lo que solo era mi trabajo, ya me lo había manifestado hacía muchos años, invitándome a la boda de un hijo suyo. Una de las cosas de las que más orgulloso me siento: un payo invitado a una boda gitana. Pilar, amiga, gracias de nuevo.

Una vez, alguien me dijo que deberían dedicarme una calle, por la labor que realicé en aquellos casi treinta años y por el cariño que nos profesamos los herencianos y yo. Contesté que no necesito una calle, cuando tengo todo el pueblo en el corazón.

Quienes me conocéis bien, sabéis que hablo y escribo mucho, que necesito muchas palabras para decir cualquier cosa. Sin embargo, hoy podría resumir todo este discurso, el pregón entero, con una sola: GRACIAS. GRACIAS. GRACIAS.»

Publicación de Julián García Camacho

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