Para los que ya no están
Era tarde de fiesta. Pero también de recuerdos de los que ya no están. Un lazo negro con identificación mercedaria evocaba al padre Jesús Fernández de la Puebla Viso, fallecido poco después de la anterior Semana Santa, de la que había sido su pregonero. Dicen que la Virgen llevaba un detalle donado por él en vida. Y era día para seguir viendo en la corona de oro que le fuera colocada en noviembre un signo de devoción excelente. No faltarían en el repertorio de Palomares marchas como las que, con ese motivo, compusieran Abel Moreno o Paco Orellana.

Fue, sin embargo, de recogida cuando la eclosión se convirtió en desatino bendito fruto del amor a María Santísima. A las clásicas saetas brotadas, en la Cruz Vieja, tanto desde balcones señoriales como de oscuros ventanucos se unirían las mejores marchas y, como todos estábamos esperanso, el canto exultante y emocionado de ese Himno de la Virgen del Valle Coronada. «Oé, oé, oé, Virgen del Valle te quiere Jerez…» La letra de Gallardo, Zarzana y De Mora, junto a la música de Cepero, se unió la noche del Viernes Santo al pálpito de un barrio al que quiso pertenecer todo Jerez.

Con nazarenos vestidos de raso negro o los castizos cargadores con bacalao, sacados sus pasos con horquilla o portados con molía, desde el crío que metería su padre bajo el paso del Cristo hasta el capitán de fragata de la presidencia, todo se volvió a unir en el cortejo de la Hermandad de la Expiración para dar al Viernes Santo su verdadera dimensión. Hasta las presidencias de Jesús Nazareno y la Yedra se hicieron sitio en una cofradía cuya universalidad la hicieron corporación de todos y para todos.

Quizá por ello, recién salida, los vecinos no se resistían a quitar alguna flor del paso de palio de María Santísima del Valle Coronada. Una desconsideración en cualquier caso.

Estaban muy cercanas las fechas de esos fastos del pasado otoño, cuando un traslado espléndido dejó poso, en Santo Domingo, de piedad popular en vela a lo largo de aquella noche deliciosa a sus plantas. Por ello los dominicos abrirían esa Puerta del Reloj a su paso cuando el Viernes Santo ya verificaba que ni siquiera los incumplimientos horarios eclipsarían cuanto bueno venía ofreciendo.

San Telmo abrió sus puertas a la gracia campillera. Y sus hechuras en la calle se revistieron de gestos con sabor genuinamente jerezano. No pudo ser este año el del encuentro, en La Plazuela, con la Virgen de la Esperanza. Pero que Ella se hubiera tenido que quedar en la Catedral no impidió que la junta recibiera al Cristo en la capilla de la Yedra.

En la calle Sol, por su parte, comenzarían a llover las saetas. Y también algunas levantás llegaron al alma de cuantos nutrieron la muchedumbre que no quiso esperar a la cofradía en el centro.

El entrañable guitarrista Manuel Fernández Parrilla, disminuido pero fiel al encuentro con sus imágenes recibió la dedicatoria de una de ellas. Y también un niño de seis añitos enfermo mientras sonaba la marcha Señorita de Triana con el peculiar sólo de flautín haciendo las delicias de todos.

Más detalles, la gracia pregonera de un capataz con arte, el del palio de la Virgen del Valle: «No os lo vais a creer pero la Virgen se va riendo por la calle», diría Paco Yesa.

Vía: Gabriel Álvarez – www.lavozdigital.es

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