Antes hablaba de lo positivo que es para un pueblo la inclusión. También en el terreno religioso. Y eso significa dar cabida a todos: tanto a católicos como a los que profesan otros credos, tal y como hacen los musulmanes quienes ya habitaron estas tierras durante siglos antes de que se otorgara la Carta Puebla a Herencia y ahora, tras siglos de ausencia, han regresado de la mano de la inmigración y de una convivencia vecinal pacífica y multicultural. Pero respetar la libertad religiosa también implica tolerar y convivir sin tensiones con ateos y agnósticos. Entonces, ¿qué sentido tiene discriminar? ¿No sería mucho más fácil y respetuoso para todas las creencias, y no creencias, no institucionalizar ningún dogma y, luego, cada cual que se lo guise y se lo coma? Es posible celebrar una Feria y unas Fiestas en Herencia sin necesidad de apelar, oficialmente, a la advocación mariana de La Merced sin que ello implique un rechazo o persecución a su celebración. Pero dejemos que el espacio público sea de todos: aconfesional, e incluso laico.

La evolución cultural permite adaptar las tradiciones a los nuevos tiempos sin que, por ello, se pierda su esencia. Permite dejar a un lado aspectos exclusivos, negativos o desfasados y, a su vez, continuar vertebrando la herencia cultural de un pueblo, tan valiosa y preciada. ¿Hay algo más antidemocrático que un cargo político perpetuo? La democracia se define por la facultad que tienen sus ciudadanos de poder elegir a sus representantes, a quienes les gobiernen y por periodos limitados. Con 35 años de democracia consolidada ¿alguien puede explicar, de manera lógica y sin caer en sentimentalismos anacrónicos, cómo es posible que  hoy en día Herencia tenga una “Alcaldesa Perpetua”?

Dad, pues, a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios” (Mateo 22, 21).

Publicado en el Libro de Feria y Fiestas de 2014.

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